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Pasillo: (parte 5)

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Paulina Tamayo en Girón, noviembre de 2008

 

Nunca se fueron, pero andan mal

El pasillo es como esos presos que salen tras años de cárcel y condena, a los que les cuesta volver a tener prestigio. La high plástica no lo vio más, pero muchos jóvenes sí le han parado balón y han querido enseñarle nuevos juegos. Pero, igual que el ex presidiario tiene sus fieles amigos, el pasillo de siempre nunca dejó de estar ahí.

 El caso más emblemático es el de Paulina Tamayo, estrella de un show que comparte casi siempre con los Hermanos Núñez (un calco de los Miño Naranjo de hace 30 años) y, entre otros, con Olguita Gutiérrez, que fuera primera voz de Los Brillantes. En el diciembre de locos cuando escribo este artículo, sé que a ella le han amputado una pierna; que Eduardo Erazo, de Los Reales, falleció recientemente enfermo de cáncer; que Consuelito Vargas, la primorosa voz de ese trío (¿quién cantó mejor Ángel de luz?), anda también enferma...

 Eso por no mencionar al maestro Gerardo Guevara, compositor académico, autor del pasillo El Espantapájaros, que con las justas vive dignamente su vejez. Y va la cuña: el país regala casas y rentas a los deportistas, pero estas figuras cimeras de la música están por ahí, olvidadas como trastos viejos. ¿Qué les queda? ¿Cantar acaso el pasillo Rebeldía, de Ángel Leónidas Araujo, y decir "Señor, no estoy conforme con mi suerte/ ni con la dura ley que has decretado./ Pues no hay una razón bastante fuerte/ para que me hayas hecho desgraciado"?

 ¿Cómo cantar hoy un pasillo?

Para los músicos Pedro Granda (1964), Mauricio Proaño (1975) y María Tejada (1976), lo importante es conocer el género. Saber qué mismo es el pasillo en lo rítmico, en lo armónico, en lo vocal... Comprender esa tradición para poder traerla al presente y darle valor de circulación, sin sacrificar su textura y estructuras propias.

"Lo importante es no imitar, sino buscar una interpretación propia", dice Granda, quien lo ha logrado con su grupo, Quimera. Y apunta que es necesario, además de conocer el género y estudiarlo, tener una formación musical consistente.

 

Proaño la recibió, en su primera formación como guitarrista, de manos del maestro Terry Pazmiño (1949). Antes que Villalobos o Bach, Pazmiño le enseñó armonía y técnica a punta de pasillo, que "tiene mucha exigencia técnica y expresiva para el guitarrista". Recuerda que, en los años de formación, tocó "muchas formas virtuosas que eran endemoniadas", por lo difíciles. En su disco Alter ego (2008) de guitarra sola se nota el fruto de ese esfuerzo. Ahí grabó el pasillo que hizo para la abuelita Lidia y otras piezas, de corte más contemporáneo. A María Tejada el pasillo le permitía seguir cerca de su madre, aunque estuviera a un océano de distancia. Y quiere interpretarlo sin cargar las tintas en el dramatismo. "En el canon se fijaron los pasillos más tristes. A mí la música brasileña y el fado portugués me enseñaron a cantar suavecito". Hay que conservar lo que aún funciona de la tradición y desechar lo que ya no.

Donald Régnier acota algo más: "La manera de cantar un género está conectada con la tecnología acústica y de amplificación de cada época. Es importante que la técnica evolucione". No hace falta la uñeta ni la peinilla para tocar la guitarra en un auditorio moderno.

Ser o no ser pasillero...

Pancho Prado (1964) se quita el cásete de músico y se pone el de sicólogo. Desde ahí, dice que el pasillo es terapéutico, catártico. Se acuerda de su abuelo que tocaba pasillos para pasar la pena. "Te ayuda a confrontarte y a elaborar, en términos terapéuticos, el vacío, la soledad, el malestar. El pasillo sirve para procesar los duelos". Aunque reconoce que hay una victimización del protagonista pasillero, su valoración es finalmente positiva.

Otro tanto le pasa al comunicador Ricardo Gutiérrez que dedica buena parte de su programa en Ecuashyri a difundir pasillos en versiones viejas y nuevas. "La vida moderna está hecha para los triunfadores, el mundo que se vende en los medios es el del éxito y la alegría del consumo. Con dos tragos se pierde la vergüenza y uno asume la vida como es, uno se asume como es". Más allá de modas o grados de difusión, Gutiérrez cree que el pasillo "es parte del inconsciente colectivo nacional".

 Y eso, justo, es lo que le preocupa al Peky Andino (1965). Este "chulla posmoderno", como se define en este diálogo, tiene con el pasillo la misma relación de amor-odio con el género. "Siempre lo consideré la banda sonora de un proyecto derrotista del cual no quiero ser parte. Pero aunque soy hincha de la Liga de Quito, no puedo dejar de admirar la hermosa posibilidad poética de ser, por ejemplo, hincha del Aucas".

Lo que le parece terrible e imperdonable es que la música identitaria sea tan triste y trágica: "El pasillo es la amenaza de un potencial suicida que vacila, es la denuncia poética que el mestizo hace de su herencia, de su existencia, de su diferencia". Y por allí afila los dardos, pues tal y como él lo lee, acá el mestizo es un ser sufriente, cuya respuesta al presente "siempre ha sido un lloriqueo".

Pero eso es no poder ver la ternura que Gonzalo Benítez reivindicaba en los carajazos, que soltaba a cada rato: así como la violenta palabra rabiosa se había vuelto caricia, así el dolor pasillero es vehículo para la amistad y, sobre todo, para el amor. Porque es música, sobre todo, del anhelo de amar y ser amado. Conquistado ese lugar donde las Sendas distintas se cruzan, todo lo demás no importa nada. Como dicen en Chorritos de luz: "para morir juntemos la dicha tuya con mi dolor".

 Mi gran amor / Paulina Tamayo

 

 Rebeldía / Dúo Inspiración

 

 Chorritos de luz / Liliam Suárez



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