Pasillo: (parte 2)
Hermanas Mendoza Suasti
En los pasillos del... Conservatorio
Los primeros autores y autoras de pasillos eran músicos que se formaban en manos casi siempre italianas, en el Conservatorio fundado por García Moreno. Estos compositores eran gente de ciudad o establecida en la ciudad, mestizos que tenían dificultad para reconocerse en la música "de los indios", que eran el yaraví y el sanjuán (este último, para De la Torre, es el gran género de la música ecuatoriana). Ya puestos a ser independientes, tampoco querían hacer solo música europea. ¿Qué hicieron, entonces, para hacer algo propio? Cogieron el vals, que en Perú ya ganaba carta de identidad propia y que en Colombia se cruzó con negros y se hizo bambuco, lo mezclaron con el yaraví y les nació esa forma musical que caracteriza al Ecuador.
Aunque políticamente correcto y antropológicamente razonado, el Pablo Guerrero nos hace acuerdo de la multiculturalidad y plurinacionalidad del paisito (¿qué será el pasillo para un taromenane, un shuar o un saraguro?), pero también es cierto que los mestizos y mestizas somos los más: a diferencia de nuestros compatriotas que se reconocen en la selva, la cerbatana o el poncho, nosotros, los mezcladitos, los café con leche, no teníamos tanto signo propio. Y el pasillo logró cruzar Costa y Sierra —el Oriente estaba despoblado—, habitar en los salones con piano y en las cantinas con guitarra, ser música de concierto y de serenata.
Sensibilidad decapitada
Cuando el siglo XX aterrizaba, algo tarde, en esta tierra, en forma de poemas modernistas, la forma del pasillo canción se consolidó. Porque antes de ser evocativo y sentimental, el pasillo tuvo hasta temas patrióticos en las letras, y había "pasillos de reto" que enfrentaban, como en el caso de los payadores argentinos o de los amorfinos manabitas, a dos contendientes: queda de esta línea el Petita Pontón (de origen colombiano, al parecer), que María Tejada grabó hace pocos años. Pero es con esos poemas de amor, con esos reclamos y festejos a la amada, con los que mejor se va a amistar la nueva forma musical. Ricardo Gutiérrez anota con razón que no son más tristes los pasillos que los tangos ni que los boleros: son más hondos y reflejan esa capacidad de...Reír llorando. El título del célebre pasillo de Carlos Amable Ortiz le sirve para resumir cómo comprende el alma pasillera. El 'Pete' Gutiérrez Cárdenas, a quien le robamos una hora hueca entre dos de las clases que dicta en el colegio San Gabriel, asegura que si no se sabe disfrutar del llanto, la risa no es completa. Actualmente, este quiteño de la carnada del 77 (¿quién dijo que el pasillo es para los jubilados de la Plaza Grande nomás? conduce el programa Primero lo nuestro, que se pasa por Ecuashyri.
Y habría que preguntarse si fue primero el huevo o la gallina: ¿el pasillo signó de tristeza al alma nacional o ya había una nostalgia genética, que afloró en la música y los poemas, como defendía la poeta cuencana Mary Corylé hacia 1922? El hecho es que los poemas "decapitados" y románticos tardíos calzaron como guante encargado en esa música. La documentación más antigua sobre una letra sentimental la ubica una investigación del Pablo Guerrero poco después de 1877 en los versos de Los ayes, atribuidos a un poeta de apellido Ramos, tempranamente fallecido. La canción fue un éxito de aquel fin de siglo y un anuncio de lo que estaba por venir. El sello RCA Víctor ofrecía, en sus catálogos de 1913 y 1920, pasillos ecuatorianos.
A continuación, en pleno auge del modernismo poético, poemas de Medardo Ángel Silva o Arturo Borja, así como del colombiano Julio Flores o de la mexicana Rosario Sansores, serán musicalizados en forma de pasillos. José Alvarado, llamado "El Diablo Ocioso", en dúo con el célebre "Turco" Nicasio Safadi, harán dúo para grabar discos de pizarra con esos temas. En el estudio publicado con motivo de la exposición organizada en 2005 por el Museo de la Ciudad, de Quito, Guerrero y Mullo recuerdan que ese abrevar en la "alta" poesía tuvo que ver con una disputa, ya presente entonces, entre un pasillo más fino y sensible y otro más puñalero, menos acabado, que con el tiempo tendría su propia forma en la rocola.
Compositores como Carlos Amable Ortiz, José Ignacio Canelos, Carlos Brito y, sobre todo, el prolífico Francisco Paredes Herrera (llegan a atribuírsele más de 800 piezas al Príncipe del Pasillo, autor de la música de Alma en los labios, que Feraud Guzmán distribuía en rollos de pianola) recurrieron a los versos de Hugo Moncayo, José María Egas o Ernesto Noboa y Caamaño para sus composiciones. Son esas obras las hijas predilectas de aquel pasillo brillante, pianístico, elegante, que resultaba aceptable para las gentes pudientes y la aristocracia de medio pelo de la republiqueta de entonces.
El alma en los labios / Los Reales
Reir llorando / Eduardo Erazo
Selora María Rosa / María José Tejada






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