Pasillo: (parte 1)
Ese maldito pasillo que nos llama desde el inconsciente.
La edición 334 de la revista “Mundo Diners”, trae un artículo dedicado al ritmo musical que “mayor identidad nos dá ante el mundo”, El Pasillo, una encuesta realizada en achiras.net así lo confirmó.
Alfonso Espinosa escribe en la edición de marzo de 2010, un articulo en el cual hace referencia a la evolución del principal ritmo ecuatoriano. Queremos compartir con los “achiras.net” este material, nuestro trabajo tan solo consistió en la búsqueda y publicación de los audios. Ya estuvo este material al aire, mas por el “peso” de los audios hubo inconvenientes para escucharlos y debimos retirarlo del aire para ahora presentarlo en 5 partes. Que lo disfruten.
Cuando el alma esta en los labios.
Al Mauricio Proaño el tiempo le iba corto. Con su guitarra en la mano, con papel y lápiz, buscaba en la memoria, en el alma. La primera dictaba a la segunda y desde el recuerdo infantil le llegaba la voz de su abuelita Lidia cantando pasillos. Ahora que la mayor —su referencia, su afecto mayor, sus dos veces mamá— estaba alistando el último tránsito en la cama de un hospital, él no quería que le pasara eso de quedarse con cosas sin decirle. Para decirle todo a su abuela manabita, todo de una sola vez, escribió Nostalgia costeña. La vida es, a veces, buena gente y el guitarrista, nacido en Quito en 1975, alcanzó a tocarle a su abuelita esos compases de tres por cuatro junto a la cama en la última despedida.
Los ojos se le cargan de recuerdo al artista en un café de La Mariscal. Sus intereses de músico iban por otra parte pero, como a muchos compositores y creadores que saben callar y escuchar, la tradición lo fue buscando hasta que lo halló y halló en él cómo reencarnarse.
A Gonzalo Benítez, fallecido en 2005, la cosa se le había dado más o menos igual: hijo de Ulpiano Benítez, compositor de yaravíes bellos como Puñales, destacó desde chico por su voz; luego cantó "música internacional", tangos y ritmos de Brasil. Ya juntado con Luis Alberto "Potolo" Valencia —aún colegiales en el Juan Montalvo—, decidió que lo mejor era hacer lo que ya entonces (1930, más o menos) se llamaba "música nacional". El dúo que ambos formaron es uno de los más prolíficos y mejores en la historia de la interpretación del pasillo. Junto a Carlota Jaramillo y, más tarde, JJ, fijaron para siempre muchas de las interpretaciones del género.
Al Pedro Granda, del grupo Quimera, le costó cogerle afecto a este género que, igual que el dramaturgo Peky Andino Moscoso, sentía demasiado sufridor. (Ya les ha de venir a jalar las patas don Gonzalo, a decirles que el pasillo no es triste, sino sentimental nomás, evocador). Pese a que estuviera regado de llanto, ese árbol fue el que a la cantante María José Tejada —nieta del pintor— le dio buena sombra y, más importante, raíces sólidas, cuando el destino la puso en Francia y el canto le daba de comer. Pero ha de ser de ir en orden, para contar lo del pasillo. Es una historia linda.
En el principio era el baile
En el principio, en realidad, fue la guerra. El comienzo de todo tiene que ver con esos llaneros venezolanos que el idealista Simón Bolívar —el libertario de la Carta de Jamaica, no el "Longanizo" al que echaron de "su" Gran Colombia— levantó para luchar por esa cosa llamada independencia. "Los soldados tenían su fusil o su arcabuz o su bayoneta... y su guitarra", anota, en su casa-estudio-biblioteca, Marco Chiriboga, como si los hubiera visto, aunque confiesa tener solo 68 años.
Este quiteño todoterreno —compositor, radiodifusor, investigador, polemista, impresor, poeta— hace una genealogía que presenta al pasillo, aún de pantalón corto, como nieto del lied alemán y del vals centroeuropeo. Esos parentescos los reconocen también investigadores como Alejandro Pro Meneses y los importantes estudios de Pablo Guerrero y Juan Mullo. Este último da una clave de por qué cambió ese aire alegre, que se bailaba en pasitos cortos —de ahí parece que le viene el nombre: pasitos, pasillos— hacia esta canción sentimental: es que se cruzó con el yaraví andino, bajó el tempo, se entristeció un poco. Porque en el principio era el baile: para bailar y sin letra eran los primeros pasillos, que se tocaban al piano o con bandas de guerra, que era la formación musical más común a finales de 1800.
El Adrián de la Torre, charlando cerquita de San Agustín ahora que trabaja en el Municipio quiteño, anota que ya desde esos días de 1870 y tanto se empiezan a dar dos modos del pasillo: uno brillante, "de salón", interpretado con piano, y otro, popular, "callejero", tocado con guitarra. (Notará el lector que no nombramos al requinto, que es un invento nuevo: ya mismo veremos cómo llegó acá).

Dos lágrimas / Benítez Valencia
Carnaval de la vida / Julio Jaramillo
El último beso / Hermanas Mendoza Suasti






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